
El espacio es la noche de adentro de la piedra.
O.deLubicz Milosz
La fotografía es hoy, más que un testimonio, una reflexión sobre como vemos, una puesta a punto de la mirada. La historia de ésta acompaña al hombre en su constitución como tal, haciéndole de espejo al erigir la ciencia, el arte y otras objetivaciones donde aquella opera tanto de objeto como de sujeto.
Si bien todo arte testimonia la suya, nunca como en esta época la gratuidad es una marca que signa nuestro abandono edénico. Así, la oscilación entre el uso y lo supernumerario denota correlativamente la dialéctica entre lo público y lo privado, el objeto cosa y la cosa (la obra) que denuncia este sospechoso olvido.
El origen social de la foto, consolidada circa 1950, rebota históricamente en la utilización pseudo profesional, que es donde mejor ella testimonia. Una vez que la fotografía abandona su valor directo de uso, comienza a aceptarse, - bien que con reservas- en tanto arte que se desarrolla en el tiempo, secuencia que concluye la etapa del ver y abre al valor histórico de constituirse en mirada.
“A mis Soledades voy, de mis soledades vengo”. Góngora no arbitraba un mundo asocial, sino que otorgaba primacía al esplendor de la vida sensual contemplativa. El hoy llamado estilo de vida deja huellas, son detritus de pasadas vidas vividas en ésta, si el sujeto no asume su ser pasajero.
En este marco, el daguerrotipo de 1840 elevado y aceptado a rango de arte concluye su viaje en el tiempo recién en 1970, cuando la fotografía obtiene carta de ciudadanía. La nostalgia de legitimación que posteriormente le aqueja añora el objeto y reposa en la copia servil, encuentro de lo real con el sayo de la representación que lo viste.
Pero, no olvidemos que la fotografía es una actividad solitaria, cuya paradoja reside en ser ejercida muchas veces rodeado de gente; ella recuerda la irremediable soledad metafísica del hombre, paliada por su condición de ser social, cuyo dar testimonio no alcanza a solución. El agua trasparente que anida en el film es inmune a la sed.
Una muestra puede ser interesante y validar el discurso por lo que en ella no se ve. La preocupación por la justa iluminación y el preciso enfoque ocultan un mundo que hierve de carencias: lo disimula bajo el manto de la técnica.
En Clarisa Szuszan donde dicen el aislamiento del blanco y negro, la pureza de línea intercede ante un color que no deviene ácido ni flagelante, y ambos tonalizan una mirada que transita de lo profesional a la intimidad. Ir más allá de lo visto.
Hasta allí nada nuevo bajo el sol, sólo que el tratamiento es lo inusual: a una redistribución de lo cotidiano le corresponde la mirada que se detiene en el hacer del hombre y su detritus, o sea, lo decantado. Hallar comunión con lo que le rodea, sean semejantes o piedras brillantes de luz.
Un caño de agua, la pared rocosa se avienen a ser astillas de un universo que se ha tornado legible bajo la mano afiatada al instrumento, pero no por ello menos sensible de la fotógrafa. La gratuidad deja de serlo cuando, sin avaricias, compadece y extiende consuelo.
El ojo es preciso y sin embargo desdeña mostrarlo: un cardal, una hoja aislada catalizan experiencias; la trama se expande y adopta formas de cielo, agua que escurre, cañas enrejadas.
Cuando el artista cobra conciencia de su soledad es cuando devuelve imágenes donde el otro está necesariamente presupuesto. Lo que con pudor no se muestra aquí, la urgencia de un mundo menos pavorosamente desigual, genera piezas de gran sensibilidad que oscurecen lo feo, pero oculto lo dejan resonar. Quizás por eso el grado de belleza desolada.
Copyright © 2010 Clarisa Szuszan. Todos los derechos reservados.
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